La pareja que compró un pantano en 2007 para salvarlo y terminó con 275 cigüeñas de bosque
Jim Stevenson y Tara Tanaka adquirieron 45 acres de humedal en Florida para evitar su urbanización. Quince años después, su gestión activa convirtió el sitio en un refugio clave para cigüeñas de bosque y decenas de especies, coincidiendo con la recuperación de la ave que dejó la lista federal de amenazadas.
En 2007, Jim Stevenson y Tara Tanaka decidieron comprar 45 acres de pantano de cipreses contiguo a su casa en las afueras de Tallahassee, Florida. Lo hicieron con un objetivo claro: impedir que el humedal terminara convertido en loteo inmobiliario.
Él era biólogo de parques estatales y conocía de primera mano el valor ecológico de esos cipreses inundados. Ella, fotógrafa y videógrafa de naturaleza, terminaría registrando con detalle la vida que ese lugar albergaría. Lo que empezó como una defensa contra el desarrollo urbano se convirtió en un proyecto de restauración y manejo activo que, quince años más tarde, arroja números sorprendentes.
El terreno no era un solar vacío. Ya era un ecosistema funcional del que dependían numerosas especies. La pareja no se limitó a dejar que la naturaleza siguiera su curso. Antes incluso de cerrar la compra, Stevenson remaba en canoa para arrancar manualmente árboles de sebo chino, una invasora que amenazaba con cerrar las zonas abiertas de agua donde las aves se alimentan.
Después vinieron las quemas prescritas, la remoción mecánica de vegetación flotante y un monitoreo constante del equilibrio hídrico. Mantener un pantano “salvaje” resultó ser un trabajo que exigía intervención continua. Una de las decisiones más curiosas fue construir una pequeña isla artificial para que los caimanes pudieran asolearse. Lejos de ser una amenaza, estos reptiles cumplen un rol protector: ahuyentan a mapaches y otros depredadores que trepan a los nidos de las aves.
Las cigüeñas de bosque, que prefieren anidar sobre agua precisamente para evitar predadores terrestres, encontraron allí condiciones ideales. En 2022, el U.S. Fish and Wildlife Service registró 275 ejemplares anidando en el santuario privado. Tanaka llegó a reconocer individuos que regresaban año tras año y los observaba desde la ventana de su estudio mientras recolectaban ramas del jardín para sus nidos.
El lugar se transformó en un verdadero catálogo de biodiversidad. Además de las cigüeñas, anidan garzas de varias especies, anhingas, patos y espátulas rosadas. En tierra y agua conviven linces rojos, nutrias, castores, coyotes, zorros y, por supuesto, caimanes. Lo que había sido un terreno amenazado por el crecimiento urbano se convirtió en una isla de vida en medio de ese avance.
En 2016, nueve años después de la compra, la pareja dio un paso adicional. A través del Apalachee Land Conservancy se estableció una servidumbre de conservación perpetua sobre la propiedad. Ese instrumento legal impide el desarrollo futuro incluso si el terreno cambia de manos. La restricción es estricta: no se permite cazar, pescar ni alterar el hábitat. Como resumió Tanaka, hasta las ranas están protegidas.
La historia de este pequeño pantano coincide con una recuperación mucho más amplia. La cigüeña de bosque había pasado de decenas de miles de parejas en los Everglades de los años treinta a menos de 5.000 en los setenta, lo que motivó su inclusión en la lista federal de especies en peligro en 1984. Tras décadas de restauración de humedales y creación de nuevas colonias en el sureste del país, la población reproductora subió a entre 10.000 y 14.000 parejas distribuidas en alrededor de un centenar de sitios.
En febrero de 2026, el U.S. Fish and Wildlife Service anunció que la especie había recuperado lo suficiente como para ser retirada de la lista federal de amenazadas. Stevenson y Tanaka no salvaron solos a la cigüeña de bosque, pero sus 45 acres cuentan a escala humana la misma lógica: proteger un humedal genera efectos que van mucho más allá de sus límites.
Hoy, lo que compraron para evitar que desapareciera es un ejemplo de cómo la gestión consciente de un ecosistema puede devolver con creces la inversión inicial. No en dólares, sino en biodiversidad que elige volver y quedarse. En un momento donde la presión urbana sigue avanzando sobre humedales en muchas partes del mundo, la experiencia de esta pareja de Florida ofrece una reflexión práctica sobre el valor de intervenir a tiempo y con criterio.