El teclado 8BitDo Retro 87 Clear Blue: un homenaje mecánico al N64 en su 30º aniversario
8BitDo lanza una edición especial del Retro 87 que replica el icónico azul translúcido y la paleta de colores del controlador de Nintendo 64. Un objeto que mezcla nostalgia, diseño industrial y switches mecánicos personalizados.
El 14 de agosto de 2026, coincidiendo con el 30º aniversario de la Nintendo 64, 8BitDo presentó una versión que muchos millennials esperaban sin saberlo. El Retro 87 Keyboard en su edición Clear Blue toma el lenguaje visual del “Funtastic” era de Nintendo: ese plástico translúcido que convirtió el interior de las consolas en parte del diseño mismo.
El azul hielo del shell no es un guiño tímido. Es una reproducción directa del color que convirtió a la N64 en objeto de culto mucho después de que dejara de fabricarse. Pero el detalle más inteligente está en las teclas: las flechas amarillas remiten a los botones C, el azul y verde a los A y B, y el Ctrl izquierdo rojo evoca el Start. Quien pasó horas con ese mando reconoce la paleta al instante. No se trata de un sticker nostálgico; es una traducción coherente del vocabulario de colores original.
Más allá de la estética, el teclado incorpora decisiones constructivas que lo colocan en la conversación actual del diseño mecánico. Utiliza switches lineales Cloud Gray desarrollados en colaboración con HUANO, distintos de los que llevan otras versiones de la misma familia. La combinación de keycaps PBT dye-sublimados y doble inyección ABS+PC con recubrimiento mate UV logra que las leyendas resistan el uso sin brillar en exceso, algo que hubiera competido visualmente con la transparencia del cuerpo.
La placa es hot-swappable y está montada en configuración top mount. Esa elección no es casual: genera una sensación de tecleo más mullida y amortiguada, coherente con la idea de un objeto que celebra el juego pero también invita a escribir. El N-key rollover asegura que no se pierdan pulsaciones simultáneas, y la iluminación RGB por tecla se vuelve especialmente atractiva al filtrarse a través del plástico translúcido, revelando los componentes internos como ocurría con las consolas de finales de los noventa.
En cuanto a conectividad, sigue el trío estándar actual: Bluetooth, 2.4 GHz (con dongle incluido) y cable USB. La batería de 2000 mAh promete hasta 200 horas en modo inalámbrico 2.4 GHz, una cifra que permite olvidarse del cargador durante semanas. El layout es 87 teclas tenkeyless, lo que lo hace compacto sin sacrificar el bloque de navegación. No se disfraza de teclado de oficina neutro ni de accesorio puramente gamer; acepta su condición de objeto referencial.
Vienen además dos botones programables “Super Buttons” del mismo color Clear Blue, que se pueden asignar mediante el software Ultimate Software V2. Quedan fuera de la zona principal de escritura y permiten mapear desde controles multimedia hasta comandos específicos de juegos o productividad.
El diseño de este teclado habla de algo más profundo que la mera nostalgia. En una época donde la mayoría de los objetos tecnológicos son negros mate o plateados anodizados, volver a apostar por el translúcido es casi un acto de rebeldía. Recuerda que hubo un momento en que mostrar los circuitos no era un riesgo de diseño sino una declaración: el interior también forma parte de la experiencia estética.
Esa lógica de los Funtastic de Nintendo —hacer visible lo que normalmente queda oculto— se repite aquí con honestidad. No estamos ante un producto que disimula su inspiración. Es un teclado que asume que gran parte de su público creció mirando el interior azul de una N64 y que todavía encuentra belleza en esa decisión industrial de hace tres décadas.
En un mercado saturado de teclados mecánicos que compiten por la misma métrica de switches y estabilizadores, 8BitDo eligió diferenciarse por la cultura material. El resultado es un objeto que funciona tanto como herramienta de escritura como pieza de conversación. Y que, de paso, pone sobre la mesa una pregunta incómoda pero recurrente en el diseño contemporáneo: cuánto vale la capacidad de un objeto para conectar emocionalmente con una generación que ya no es adolescente pero sigue reconociéndose en ciertos plásticos de su infancia.