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El pensar, actividad gozosa

O el esfuerzo de Arendt por dejar de ser ella misma

Daniel Mundo

El pensar, actividad gozosa

Pensar. Martin Heidegger, el maestro de pensamiento de Hannah Arendt, pergeñó una consigna insuperable que decía más o menos que “el pensamiento fundamental de un pensador es su pensamiento impensado”. No es por este pensamiento, por cierto, que Arendt lo consideraba el pensador más importante del siglo XX —de hecho, no recuerdo que Arendt haya citado en algún lado este enunciado pululante de misterio. Es tan misterioso que puede tomarse como un pensamiento sin sentido, o como la crisálida en la que madura la cifra del mundo postmetafísico, el mundo en el que le tocó vivir a Arendt, y que Arendt, a su manera, develó. Ahora bien, quizás a pocos les cabe mejor que a nuestra pensadora esta consigna heideggeriana, aunque habría que apresurarse a aclarar, por las dudas, que no es la actividad de pensar —concepto que nosotros nos propusimos elucubrar aquí— el pensamiento impensado por ella. Más bien diría que es al contrario, porque si a algo ella no dejó de volver y repensar una y otra vez fue precisamente a la pregunta por lo que significa pensar. Su maestro también hizo eso. Pero Arendt, en lugar de retorcer la pregunta hasta su insignificancia, buscó el modo de trascender toda la disquisición sobre el pensamiento, por lo menos tal como la filosofía había planteado esta disquisición. No porque hubiera querido dejar de pensar —su “impensado” guarda una relación estrecha, íntima, carnal, con el pensar— sino porque quería pensar de otra manera.

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