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La conjura del riesgo
Sobre la medicina personalizada y su promesa de protección
José Ignacio De Carli
El 21 de febrero de 2010, como todos los domingos a la medianoche, el canal de televisión argentino América transmitía el programa “Oppenheimer presenta”, conducido desde Miami por el periodista Andrés Oppenheimer. La modalidad del programa es siempre la misma: hay un tema central que funciona como disparador (desde “el futuro de la familia” y “la política de España en Latinoamérica” hasta “¿quiénes son los peores conductores?”), y es debatido con invitados en el piso y especialistas en distintos puntos del continente. Ese domingo de febrero, el tema en discusión fue: “¿Hay comidas que matan?”. Allí, Oppenheimer preguntaba si efectivamente existen alimentos mortales y, en este caso, qué deberían hacer los gobiernos –o qué están haciendo- para regular lo que comemos diariamente y velar por nuestra salud. El tema del rol gubernamental tomaba como referencia un plan lanzado por el alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, para exigir a todos los restaurantes de la ciudad, y a las empresas alimenticias, que redujeran en un 25% la sal de sus alimentos. Antes, Bloomberg ya había prohibido a los restaurantes el uso de grasas trans-fat (grasas vegetales artificiales) y los había obligado a que informaran en sus menúes las calorías de cada comida. En Europa, Dinamarca, Suiza y Austria ya habían prohibido las grasas trans-fat. Y en México, el presidente Felipe Calderón lanzó a comienzos de este año el Acuerdo Nacional para la Salud Alimentaria, alarmado por los datos que informaban que el 70% de la población tenía sobrepeso debido principalmente a los malos hábitos alimenticios. Ante esto, Oppenheimer preguntaba a sus invitados, con evidente preocupación, cómo podíamos hacer para tener una dieta no sólo saludable, sino exenta de peligros, citando casos de pescados con altas dosis de mercurio, verduras rociadas con pesticidas y frutas cultivadas con colorantes. Parecía ser que ya no quedaban alimentos libres de sospechas.