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El abono de reserva
Daniel Mundo
La inseguridad es uno de los fantasmas de las sociedades modernas. Le tememos. Entre los varios imaginarios que posibilitaron la dictadura del ’76 estaba sin duda la cuestión de la inseguridad, el miedo a la acción insurgente, el presunto caos político, la ingobernabilidad de una sociedad que se había modernizado y soñaba con cambiar de paradigma político así como habían cambiado las costumbres y la cultura.
Terminaba quinto año del secundario cuando la dictadura abandonó el poder. En ese momento para mí la dictadura no significaba mucho, más importante era la impronta democrática que despuntaba. Más tarde, cuando investigué sobre el período, caí en la cuenta que la dictadura no fue un camino desviado o una aberración de la historia argentina. Quizás lo que ocurrió durante esos años era inimaginable antes de que ocurriera —e incluso era impensable mientras ocurría—, y quizás no sabíamos lo que pedíamos cuando apelábamos al orden. Cualquier medio es bueno, además, cuando el fin lo justifica. En aquel remoto momento los militares encarnaban el orden y la seguridad que la sociedad reclamaba, orden y seguridad, dicho sea al pasar, que los políticos profesionales, los sindicatos instituidos, los medios de comunicación, la Iglesia, los grupos “revolucionarios”, no podían garantizar o simplemente despreciaban. La sociedad atemorizada, atomizada, desorientada, recibiría aliviada, con beneplácito o de modo indiferente a los Señores del Orden. Lo que la dictadura abortó fue un tipo de vida política y social que pujaba por nacer.