Flavia Costa / Christian Ferrer
La metamorfosis ha sido, desde siempre, condición de existencia de los actos y los lenguajes de los seres humanos. “Metamorfosis” significa apertura expectante al mundo tanto como transformación que brota íntimamente. Las mutaciones de esas enormes crisálidas han sido tan incontables y constantes que escasísimos fósiles –si alguno– han quedado como testimonio de los comienzos del proceso. Pero entre tanta órbita y desorbita algo había restado inmutable: el cuerpo, biológicamente considerado, era hasta hace muy pocos años un museo de sí mismo, un homenaje viviente a la lenta y cuidadosa maceración de un acontecimiento que algunos llaman evolución y otros, creación. Fueron necesarios millones de años para dar forma a los cuerpos de macho y de hembra, y quizás se hubieran necesitado cientos de miles más para que acontecieran mínimas aunque significativas modificaciones en sus proporciones. Tal es el misterioso vínculo entre tiempo y naturaleza. De lo que en su interior encerraba el frágil recipiente de carne mucho se ha imaginado y especulado, y los restos de esa cosecha del conocimiento sobreviven en teodiceas, en tratados filosóficos o simplemente en condensaciones conceptúales del lenguaje en común: chispa divina, alma, espíritu, razón, sinrazón, deseo, psiquis, violencia, fe, voluntad, amor. De estas palabras, breves alianzas helicoidales de interrogante y esperanza, se nutre la sustancia de la memoria colectiva.